Soy consciente de que cuando se sale del entorno habitual siempre se encuentran diferencias a lo que se está acostumbrado. Incluso dentro de la misma comarca, provincia o comunidad autónoma existen disimilitudes en los hábitos y en el día a día, por lo que es normal que estas diferencias entre países pueden significar un abismo. Durante el tiempo, el corto tiempo, que hace que estoy viviendo en Chile, he podido vivir algunas de ellas.

En Chile, el que espera no desespera

En Chile, el que espera no desespera

Tuve que ir a un organismo estatal para solicitar un documento de identidad. Era un edificio relativamente antiguo que mostraba el paso de los años, el maltrato de la polución sobre sus murallas como si fuera una tez ajada, reseca y descuidada, y los golpes inevitables de los movimientos sísmicos. Vista la fachada podía fácilmente hacerme una idea del interior: funcionarios grises, de tristes caras, y montoncitos de papeles. En parte así fue, pero lo que me sorprendió fue la sala de espera.

Esta sala estaba situada en la parte central del edificio con acceso a todas las diminutas dependencias y llena de filas de asientos, todos colocados en la misma dirección como si se tratara de un cine. Lo sorprendente de todo esto es que la sala disponía de seis televisores con enormes pantallas. En todas ellas aparecía la misma imagen: unas chicas bailando reggaeton. Debajo de los aparatos de televisión estaban los marcadores, donde iban apareciendo los números de las diferentes filas, colocados de manera estratégica para que los usuarios no tuvieran que perder el tiempo buscando su turno.

La gente que esperaba, no desesperaba. No parecía importarles el tiempo que debían invertir para hacer la gestión. Imagen de esperpento donde las hubiera, me vino a la mente Max Estrella, el protagonista de la obra Luces de bohemia, del escritor español Ramón María del Valle-Inclán. Intentando recuperarme y reaccionar, pasó por mi cabeza con luces de neón la frase adaptada de las tesis marxistas “La televisión es el opio del pueblo”. Y yo, aunque no he sido instruida en estas ideas, he tenido que darle la razón a Karl.