Julia ya llevaba un año separada. Un día, rindiéndose a la insistencia de sus amigas, decidió volver a salir, a “entrar en el mercado sentimental”, como bromeaban en muchas ocasiones. Tras tres o cuatro fines de semana de diferentes citas, conoció a un hombre muy interesante y atractivo. Se vieron en varias ocasiones y llegó el día especial… Habían quedado para cenar en el restaurante de un bonito hotel, donde también habían reservado habitación.

Janmen

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Esa tarde, Julia salió a comprarse un conjunto nuevo de ropa interior. Se dejó asesorar por la vendedora de la tienda, al fin y al cabo llevaba más de 10 años confiando en ese pequeño comercio de su barrio, y eligió un sexy conjunto en gris y negro, combinado con un poco de encaje y con un tanga a juego; a sus 42 años, Julia llevaba casi 20 años usando tanga, alternando con alguna braguita.

Tras una deliciosa cena y un par de copas, subieron a la habitación y la velada fue estupenda. Transcurrieron un par de semanas, con varias citas similares, cuando en una de ellas él le confesó que no le gustaban en absoluto, jamás le habían gustado, los tangas, que encontraba esa prenda horrorosa y chabacana. “¿Por qué no usas braguitas?”, le comentó. Julia se quedó atónita; no se trataba de una simple opinión de su compañero, era algo más: quizás  ese tono de desprecio que había usado, la palabra “chabacana” o la expresión de su cara al pronunciarla. Al mismo tiempo, empezó a pasar cuentas de las veces que habían tenido relaciones y, efectivamente, en todas las ocasiones había llevado un conjunto con tanga. Irónicamente, en esos momentos ella se sentía tan sexy ante los ojos de su amante…

“Mira, querido -le contestó Julia- , como comprenderás, a mis 42 años me visto para gustarme a mí misma y, sinceramente, si el comentario me lo hubieses hecho de otra forma, me compraría encantada unas braguitas para ti, pero en esta etapa de mi vida no me apetece ni enseñarte cómo me quedan las braguitas ni enseñarte un poco de sensibilidad y educación. Al fin y al cabo, yo no me he puesto a comentar tu ropa interior, que por cierto deja mucho que desear; sencillamente te hubiese regalado unos bóxer a mi gusto, con un poco de tacto y, sobretodo, con educación”. No volvió a verle jamás.

Ser diferentes a las demás es uno de los objetivos que nos marcamos la mayoría de las mujeres, pero ¿qué ocurre cuando somos muy diferentes a nuestro compañero sentimental? Yo creo que una pareja acaba “domesticándose” mutuamente con sus diferencias, porque al fin y al cabo los polos opuestos se atraen, y conseguir ese equilibrio perfecto es cosa de dos. Por ejemplo, en cuestión de gustos de moda íntima puede ser difícil coincidir: ¿tanga o braguita? ¿blanco, negro o colorines? ¿bóxer o slip? Todo es cuestión de negociar, de un tira y afloja y querer satisfacerse mutuamente. Pero siempre con respeto. El caso es que ellos suspiren por nuestra ropa íntima y nosotras por sus bóxers o slips.