Vivimos una época de zozobra intelectual. Amparado en el drama de la violencia de género, cierta corriente del feminismo se arroga el derecho a decidir e imponer qué mensajes podemos emitir o consumir. A este paso, la pesadilla orwelliana del Gran Hermano no queda muy lejos.

Punto Blanco

Punto Blanco

El último episodio sonado de este fenómeno ocurrió hace algún tiempo, cuando la firma de moda Dolce & Gabbana se vio obligada a retirar una campaña publicitaria en la prensa escrita ante las críticas del Instituto de la Mujer. Este organismo consideraba que ciertas imágenes de la campaña  -yo solo recuerdo una, en la que había una mujer rodeada de hombres, en una supuesta actitud sumisa- podían incitar a la violencia machista.

Al parecer, el Instituto de la Mujer y otros colectivos feministas que han mostrado una posición semejante ante éste u otros mensajes sospechan que nosotros, pobrecitos bobos, somos incapaces de discernir entre la ideología y el lenguaje publicitario. Como si de un ejemplo clásico de experimento conductista se tratara (estímulo-respuesta), a los hombres, cual perritos de Pavlov, basta con que se nos presenten imágenes de mujeres dominadas para lanzarnos a una orgía de menosprecio y maltrato. Qué gran error, qué soberana estupidez.

El discurso de lo políticamente correcto se está convirtiendo en una patente de corso para que ciertos colectivos impongan, desde el dogmatismo, su “agenda” ideológica. En nombre del progresismo de “buen rollo”, en realidad están reproduciendo el autoritarismo del poder político y religioso que siempre han afirmado combatir. Esta gente parece no creer en la libertad del individuo, en su capacidad para interpretar a su libre albedrío la información a que se expone. Desde su despotismo, se cree en el derecho de aleccionarnos sobre lo que es correcto o no. Y nosotros, atenazados por la unanimidad cobarde que suscita su discurso, por miedo a ser tildados de reaccionarios, callamos y otorgamos, y con cada renuncia somos cada vez un poco menos libres.

Al hilo de este tema, un miembro prominente de la comunidad gay de Barcelona -nada sospechoso, pues, de condescender con la intolerancia hacia cualquier grupo de personas- reconocía que quizás en algunos aspectos del movimiento por los derechos de las mujeres -y, por añadidura, de los homosexuales-  se había ido demasiado lejos, aunque atribuyó el fenómeno a un movimiento pendular, provocado por años de represión, y que en un momento dado se produciría un “reflujo” que pondría las cosas en su sitio. Sinceramente, espero que esto no tarde mucho, porque esta situación no es buena si de verdad queremos construir una sociedad democrática de individuos autónomos.

No es esto, compañeras
La lucha contra la violencia de género y por los derechos de las mujeres no se puede cimentar sobre las ruinas de la libertad de expresión y de pensamiento. El debate sobre lo que es éticamente aceptable resulta complejo y dinámico, y es probable que no sea conveniente llevar la relativización hasta sus extremos -¿puede hacerse broma con el Holocausto judío?-. Pero, en el caso concreto que nos ocupa, ¿realmente creen las mujeres que los hombres somos tan imbéciles como para tragarnos como dogma un simple mensaje publicitario? ¿Tan poco respeto nos tienen?

Domenico Dolce y Stefano Gabbana todavía se llevan las manos a la cabeza: ellos, acusados de denigrar a la mujer… No es esto, compañeras, no es esto.