Soy comerciante, madre e hija, y desde mi pequeño negocio quiero lanzar una queja a los medios de comunicación en relación a cómo catalogan a las personas mayores: estoy harta de escuchar en las noticias y leer en los periódicos la palabra “anciano” describiendo a una persona tan sólo mayor de 65 años. Quizás hace dos siglos una persona de esta edad ya se podía definir de esta manera, pero afortunadamente hoy en día tenemos una calidad y una esperanza de vida que nada tiene que ver con la de antaño.

Los que llamamos "ancianos" a menudo pueden darnos lecciones de ganas de vivir

Los que llamamos "ancianos" a menudo pueden darnos lecciones de ganas de vivir

Sólo hay que echar un vistazo al mercado y ver la cantidad de productos que van destinados a los jubilados, eso sí, con textos que en absoluto se pueden relacionar con su “avanzada edad”, campañas de marketing repletas de mensajes subliminales de eterna juventud… ¿Recordáis aquel anuncio de unas gafas con montura al viento, donde un “anciano” abre una botella de cerveza que saca de una máquina expendedora con la boca, mientras un grupo de jóvenes queda boquiabierto al verlo? ¿Y aquel perfume sólo para hombres maduros? O ¿escuchamos eslogans de cremas antiarrugas que incluyan la palabra “anciana”? Claro, para gastar su pensión no son “pobres viejecitos”.

En mi tienda, especializada en moda íntima, el segmento de jubilados representa una parte importante en mi clientela. Tengo compradores que superan con creces los 80 años y adquieren calzoncillos de diseño, clientas setentonas y ochentonas a quienes les gustan las prendas sexys: son personas con vida por delante que tienen mucho que aportar.  Señores periodistas, ¿consideran ustedes ancianos a sus padres o suegros cuando les piden que hagan de canguro de sus hijos, o gestiones o recados que su estresante jornada laboral no les permite realizar, al disponer ellos de más tiempo libre?

Yo, desde luego, aunque mi padre haya pasado la frontera de los ochenta y a mi madre le falte poco, no los considero ancianos: me han ayudado a criar a mi hija, siguen echándome una mano en mi vida diaria, me cuidan si estoy enferma… ¿Colgarles el cartel de vejestorios? ¡Ni hablar!; ni siquiera vi nunca anciana a mi abuela, que falleció a los 100 años con una calidad de vida extraordinaria y unas ganas de vivir que ya envidiarían muchos de los que se consideran ahora “jóvenes”.