Ahí estaba él, vestido de amarillo y marrón con su insignia en el bolsillo derecho de la camisa, alto, fuerte y corpulento, sosteniendo una enorme caja llena de sujetadores con ambas manos. Me miró indeciso desde el pequeño vestíbulo de la entrada de mi tienda. Media sonrisa se le dibujaba en la cara en forma de disculpa mientras buscaba el mejor lugar para dejar el paquete, pero el suelo recién fregado le dificultaba su decisión de descarga.

Es muy molesto que te pisen la tienda justo cuando acabas de fregar, pero si es un cliente, y además compra, la cosa cambia bastante
“No te apures, pasa, pasa”, le grité desde la trastienda, y el pobre transportista no cesaba de pedirme disculpas mientras me colocaba el albarán de entrega encima del mostrador para que se lo sellara. Y, una vez salió por la puerta, contemplé cómo mi impecable y reluciente suelo de hace tan solo unos segundos estaba repleto de enormes pisadas negras del asfalto siempre sucio y embarrado de la calle.
Esa es la historia de casi todos los días: por mucho que intente fregar antes de la hora de apertura, siempre hay alguien que me pisa el suelo. Si es un cliente, la verdad, para qué nos vamos a engañar, no me importa, y si además compra vuelvo a fregar cantando La Traviata, pero cuando se trata de un vendedor ambulante, alguien preguntando por una calle, un perrito al que su dueño le ha dado dos metros de correa extensible o el puntual transportista de primera hora de la mañana, los días de peor humor me dan ganas de practicar el tiro a jabalina con mi mocho.
Y para más inri una mañana, tras haber fregado el suelo, dejé la fregona en la puerta de la tienda y mientras estaba hablando con mi vecina quiosquera me la robaron. ¡Policía! ¡Policía!, empecé a chillar, bromeando, ¡me han robado el mocho! Mi vecina, atónita y, al principio, asustada, alucinaba: “¡Madre mía, hasta donde hemos llegado!
Así que renové mi equipo de limpieza, uno sencillito por lo que pueda pasar; claro, no voy a hacer de guardia jurado mientras espero que se seque el suelo o si tengo que atender a un cliente y no me ha dado tiempo a recoger los bártulos. Y así, mañana tras mañana, sigo fregando mi tienda de moda íntima y, por supuesto, me siguen pisando. Pisad, pisad, queridos clientes, que mi nuevo mocho volverá a desfilar.
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One Response for "No me pises… aunque no lleve chanclas"
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