“Después de un agotador día de trabajo, llegué a casa con la sorpresita de toda una colada por tender. ¡Vaya por Dios!, me había olvidado de la lavadora que puse antes de salir. Fue entonces cuando ocurrió el desastre”.

No se te ocurra perder este tanga de Pompea
“Empecé a disponer con desgana la ropa en las cuerdas del tendedero, intentando seguir ese orden coherente que mi madre me enseñó, casando cada calcetín con su pareja y estirando al máximo los camales del vaquero para salvarlo de la plancha, cuando, de repente, se me escurrió un tanga del interior del pantalón que cogió vida propia haciendo un puenting suicida por el patio de luces para caer justo encima del palo de la escoba que el vecino tiene aparcada en su patio interior. ‘¡Qué mala suerte!’, me dije. Y encima era nuevo. Si hubiera sabido que iba a tratar con alguien del sexo femenino, me hubiera lanzado de inmediato a llamar a su puerta, pero es que era un piso de jóvenes estudiantes, todos chicos con sus hormonas disparadas a mil por hora. ¿Quizás lo hubiera encontrado en la repisa del vestíbulo? Para qué engañarse, a mi tanga le esperaba otro destino: después de pasar de mano en mano con carcajadas de coro, probablemente acabaría colgado de algún lugar de la casa como si de un trofeo se tratase, para exhibirlo entre las incesantes juergas que se pegan cada fin de semana y que tenemos que sufrir el resto de vecinos”.
Tras la historia que me acaba de contar mi joven clienta, al venir a comprar otro tanga para completar su huérfano conjunto, recuerdo de pronto aquella anécdota de una amiga cuando, recién casada, estaba tendiendo la ropa y se le cayó un calcetín al patio. “Llevaba dos días en la comunidad y … ¿ya me iban a catalogar de torpe? ¡Pues no! Cogí el otro calcetín y lo tiré también, segundos antes de darme cuenta de que uno era negro y otro azul marino. ¡Hala! A comprar dos pares de calcetines a mi marido”.
El caso más increíble que me han contado fue el de un chico al que su vecina le “pescaba” sus calzoncillos de marca con el palo de la escoba. Empezó a echar de menos algún bóxer en concreto, a encontrarse alguna pinza de la ropa suelta, hasta que un día la pilló in fraganti: eran para su hijo adolescente que la tenía martirizada pidiéndole calzoncillos de marca y, como ella se negaba a gastarse 25 o 30 euros, solución: ¡a pescar!
Mi experiencia particular fue mucho más desastrosa: cerré el bombo de mi lavadora de carga superior con la mala suerte de pillar un legging con el cierre. El legging murió en el acto y la lavadora también. Total, que cuando me retiraron la lavadora vieja para cambiarla por la nueva, uno de los técnicos me entregó un viejo tanga olvidado junto a un calcetín desaparejado de mi marido, envueltos entre polvo y pelusa acumulada debajo de la máquina. ¡Qué vergüenza! Y es que a veces es mejor no encontrar ese tanga perdido…
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