¿Sabías que la palabra “champú” viene de la voz inglesa, “shampoo”, y ésta de un nombre indio, “champi” que da nombre a un masaje terapéutico? Te descubrimos los principales hitos de la historia del cabello de la mano de la marca Schwarzkopf, firma que acaba de celebrar su 111 aniversario en el campo del cuidado capilar y que durante el año 2009 va a llevar a cabo diversos actos conmemorativos. El suyo es, sin duda alguna, un amor por los pelos.

111 aniversario de Schwarzkopf: presentación de Looks for You

Durante la Prehistoria, el cabello cumplía una función ritual y solía colorearse empleando tintes vegetales y otros que difícilmente querríamos utilizar en la actualidad, como sangre y grasas. Sin embargo,  en una época de la historia de la Humanidad aún tan temprana como la civilización egipcia, el dominio de los productos capilares, y sobre todo de la coloración, había alcanzado un alto grado, e incluso se había iniciado el comercio de exportación de productos cosméticos a países vecinos. Después, aunque muchos de sus productos procedían de Egipto, la civilización griega desarrolló también su propia industria cosmética. Y en Roma, las mujeres del norte de Europa, de cabellos rubios, que los soldados traían prisioneras, hicieron que esa coloración se pusiera de moda entre las romanas: El producto colorante más utilizado estaba compuesto por sebo de cabra y ceniza de haya, ingredientes que no eran lo más convenientes para la salud capilar, por lo que también floreció la fabricación de pelucas.

Otra histórica imagen de Schwarzkopf

Todo esto cambió en la Edad Media. El Cristianismo exhortaba a la sencillez y a la austeridad, y sólo gracias al gremio de los barberos, que atesoraron las antiguas recetas, éstas no se perdieron y constituyeron en épocas más recientes la base de la moderna cosmética capilar. Después, el Renacimiento supuso un nuevo amanecer para la belleza en general y la del cabello en particular, y aparecen todo tipo de productos para conseguirla y mantenerla. Los cabellos rojizos se ponen de moda, y esta tonalidad se conseguía aplicando sobre el cabello una mezcla de sulfuro negro, alumbre y miel (mucho menos lesiva que las que empleadas en tiempos anteriores, afortunadamente),  dejándolo luego expuesto sobre las alas de un sombrero sin copa. Para otros colores se empleaba flores de altramuz tostadas y machacadas con salitre, grasas de ballena y sales de plata de lejía, entre otros productos.

En 1949 lo recomendado era lavar el pelo semanalmente

En el siglo XVII, el arte de la cosmética capilar adquiere una gran importancia en Francia, sobre todo en París. La moda entonces era empolvar el cabello de blanco, que se conseguía mezclando talco y almidón. Posteriormente, en el XVIII, los primeros champúes vieron la luz en Inglaterra: los peluqueros ingleses hervían jabón en agua y añadían hierbas aromáticas para dar brillo y fragancia al pelo. Se dice que el londinense Kasey Hebert fue el primer fabricante y vendedor conocido de champú, palabra derivada de la inglesa ‘shampoo’ que a su vez viene de ‘champi’, el nombre de un masaje terapéutico indio. Precisamente los hindúes han usado tradicionalmente diferentes fórmulas de champús, con hierbas como neem o shikakai, o bien con henna, bael, brahmi, fenogreco, aloe, suero de mantequilla, amla y almendra, unidos a componentes aromáticos como madera de sándalo, jasmín, turmeric, rosa y almizcle. La diferencia entre el jabón y el champú es que, aunque en un principio ambos contenían surfactantes, un tipo de detergente, el champú los usaba más equilibrados para no eliminar demasiado sebo.

La droguería de Schwarzkopf en 1898

Schwarzkopf, referente de cuidado capilar en el siglo XX
Más tarde, en 1867, aparece el agua oxigenada para teñir el cabello de rubio, lo que representa un considerable progreso frente a viejas recetas abrasivas. A finales de siglo aparecen los primeros colorantes sintéticos, y ya a partir de 1900 se incorpora el agua oxigenada en éstos.

Furgoneta de Schwarzkopf en 1928

Otro hito del cuidado capilar tuvo lugar en 1903, con el champú en polvo soluble en agua, llamado “el champú de la cabeza negra”. Lo creó el químico alemán Hans Schwarzkopf (‘Schwarzkopf’ significa “cabeza negra” en la lengua germánica), que había abierto en 1898 una pequeña droguería en Berlín con el nombre  de Farben-, Drogen- und Parfümeriehandlung (Comercio de pinturas, droguería y perfumería).  Schwarzkopf ofreció una alternativa de aplicación sencilla y económica a los productos que se utilizaban hasta entonces. Esos fueron los inicios de la conocida marca de cosmética capilar; en 1927 Schwarzkopf introdujo también en el mercado el primer champú líquido, y un año más tarde, el químico alemán recibió la primera patente de un acondicionador para el cabello, el abrillantador Schwarzkopf. En la década de 1930 el champú moderno, tal como se lo conoce en la actualidad, fue introducido como Drene, el primer champú sintético (no jabonoso), y en 1933 surgió Onlakali, de Schwarzkopf, el primer champú no alcalino del mundo.

Etiqueta del "Champú con la cabeza negra"

Etiqueta del "Champú con la cabeza negra"

Schwarzkopf siguió innovando con la permanente fría Onalthema, en 1947, como exigía la moda de la época. Esto permitió que por primera vez las mujeres obtuvieran un rizado permanente de su cabello sin tener que calentarlo a 100 grados, como había inventado Carlos Nessler en 1906. Más tarde, en 1949, la marca presentó el primer champú en crema dentro de un tubo, Schauma Creme-Schaumpon. Para los elaborados tupés de los años cincuenta fue ideal el lanzamiento al mercado de Taft, “la red líquida para el cabello”, que se convirtió en uno de los artículos más conocidos de la época del milagro económico; debido a eso la palabra ‘taften’ se utiliza aún en el lenguaje común alemán como sinónimo de “echarse laca en el pelo”.

Gliss en 1955

Imagen de la laca Taft

La empresa de cosmética capilar celebró el pasado día 22 de abril en Múnich (Alemania) la gala de su 111 aniversario. El acto contó con más de 400 invitados entre periodistas y directivos de la empresa en el ámbito internacional.

Hans von Bylen posa junto al pastel de aniversario